Friday, September 29, 2006

 

Atreides (03)

No construirás una máquina a semejanza de la mente humana.
Primer Mandamiento resultante de la Jihad Butleriana, tal como consta en la Biblia Católica Naranja



"El sufrimiento es el gran maestro de los hombres", recitaba el coro de viejos actores en el escenario. Si bien los cómicos eran simples ciudadanos del pueblo cobijado a la sombra del castillo de Caladan, se habían preparado bien para la representación anual de la Obra oficial de la Casa. Los trajes eran coloridos, aunque no del todo auténticos. Los decorados (la fachada del palacio de Agamenón, el patio enlosado) exhibían un realismo basado sólo en el entusiasmo y en algunas secuencias filmadas de la antigua Grecia.
Ya hacía rato que se representaba la larga pieza de Esquilo, y hacía calor en el teatro. Globos de luz iluminaban el escenario y algunas filas de asientos, pero las antorchas y los braseros que rodeaban a los actores perfumaban el edificio con un humo aromático.
Pese a los ruidos de fondo, los ronquidos del viejo duque amenazaban con llegar a oídos de los actores.
–¡Despertad, padre! –susurró Leto Atreides, al tiempo que daba un codazo en las costillas al duque Paulus–. Ni siquiera hemos llegado a la mitad de la obra.
Paulus se removió y desperezó en el asiento de su palco, y sacudió imaginarias migas de pan de su amplio pecho. Danzaron sombras sobre su rostro estrecho y arrugado y su barba canosa. Llevaba el uniforme negro de los Atreides, con el emblema del halcón rojo.
–Todo se reduce a hablar y posar, muchacho. –Parpadeó en dirección al escenario, donde los ancianos apenas se habían movido–. Y cada año vemos lo mismo.
–Ésa no es la cuestión, Paulus, querido. –Al otro lado del duque estaba sentada la madre de Leto, lady Helena, vestida con sus mejores galas y concentrada en las solemnes palabras del coro griego–. Presta atención al contexto. Al fin y al cabo, es la historia de tu familia, no de la mía.
Leto paseó la mirada entre sus padres, consciente de que la historia familiar de la Casa Richese de su madre poseía tanta grandeza y miseria como la de la Casa Atreides. Richese había caído desde una "edad de oro" colmada de beneficios a su actual fragilidad económica.
La Casa Atreides se jactaba de que sus raíces se remontaban a más de doce mil años de antigüedad, hasta los hijos de Atreus en la Vieja Terra. La familia se enorgullecía de su larga historia, pese a los numerosos incidentes, trágicos y deshonrosos, que la jalonaban. Los duques habían convertido en una tradición anual la representación de la tragedia clásica Agamenón, el hijo más famoso de Atreus y uno de los generales que habían conquistado Troya.
Leto Atreides, de cabello negro como ala de cuervo y nariz aguileña, se parecía mucho a su madre. Contemplaba la función, ataviado con incómodos ropajes, vagamente consciente del trasfondo extraterrestre de la historia. El autor de la obra había dado por sentado que el público captaría las referencias esotéricas. El general Agamenón había sido un gran militar de una de las guerras legendarias de la historia humana, mucho antes de la creación de las máquinas pensantes que habían esclavizado a la humanidad, mucho antes de que la Jihad Butleriana hubiera liberado a la humanidad.
Por primera vez en sus catorce años, Leto sintió el peso de la leyenda sobre sus hombros. Intuyó una relación con los rostros y personalidades del infortunado pasado de su familia.
–Es mejor la fortuna no envidiada –recitaron a coro los ancianos–. Preferible a saquear ciudades, mejor que seguir las órdenes de los demás.
Antes de zarpar hacia Troya, Agamenón había sacrificado a su propia hija para que los dioses le concedieran vientos favorables. Su desdichada esposa, Clitemnestra, había dedicado los diez años de ausencia de su marido a planear su venganza. Ahora, después de la batalla final de la guerra de Troya, se había encendido una hilera de hogueras a lo largo de la costa, con el fin de comunicar la victoria al país.
–Toda la acción transcurre fuera del escenario –murmuró Paulus, aunque nunca había sido un buen lector ni crítico literario. Vivía el momento, exprimía cada gota de la experiencia y el éxito. Prefería pasar el tiempo con su hijo o sus soldados–. Todo el mundo se queda quieto ante el decorado, a la espera de la llegada de Agamenón.
Paulus aborrecía la inacción, siempre repetía a su hijo que era mejor una decisión equivocada que no tomar ninguna. En la obra, Leto pensaba que el viejo duque se identificaba con el gran general, un hombre de su agrado.
El coro de ancianos siguió recitando, Clitemnestra salió del palacio para pronunciar un discurso, y el coro continuó de nuevo. Un heraldo, que fingía haber desembarcado, llegaba al escenario, besaba el suelo y recitaba un largo soliloquio.
–¡Agamenón, glorioso rey! Mereces nuestra gozosa bienvenida por haber aniquilado Troya y la patria de los troyanos. Los altares de nuestros enemigos yacen en ruinas, ya no confortan a sus dioses, y sus terrenos están yermos.
Guerra y destrucción. Leto pensó en la juventud de su padre, cuando había luchado por el emperador, aplastando una sangrienta rebelión en Ecaz y vivido aventuras con su amigo Dominic, ahora conde de la Casa Vernius, de Ix. Cuando se encontraba a solas con Leto, el viejo duque hablaba a menudo de aquellos tiempos con nostalgia indisimulada.
En las sombras de su palco, Paulus exhaló un sonoro suspiro, sin ocultar su aburrimiento. Lady Helena le fulminó con la mirada, devolvió su atención a la obra y compuso una sonrisa más plácida todavía, por si alguien la miraba. Leto dedicó a su padre una mueca de compasión, y Paulus le guiñó un ojo. El duque y su esposa interpretaban sus papeles a la perfección.
Por fin, el victorioso Agamenón llegó al escenario en un carro, acompañado por su amante, botín de guerra, la profetisa medio loca Casandra. Entretanto, Clitemnestra se preparaba para la aparición de su odiado esposo, al tiempo que fingía amor y devoción.
El viejo Paulus hizo ademán de aflojarse el cuello del uniforme, pero Helena le apartó la mano. Su sonrisa no varió un ápice.
Leto sonrió para sí al presenciar aquel ritual, tan frecuente entre sus padres. Su madre se esforzaba siempre por conservar lo que llamaba "sentido del decoro", mientras él viejo se comportaba con bastante menos formalidad. Mientras su padre le había enseñado numerosas cosas sobre el arte de gobernar y el liderazgo, lady Helena había educado a su hijo en protocolo y estudios religiosos.
Richese por nacimiento, lady Helena Atreides había nacido en una Casa importante que había perdido casi todo su poder y prestigio por culpa de ambiciones económicas fracasadas e intrigas políticas. Después de haber sido expulsada del gobierno de Arrakis, la familia de Helena había salvado parte de su respetabilidad gracias a un matrimonio de conveniencia con los Atreides. Varias de sus hermanas habían contraído matrimonio con miembros de otras Casas.
A pesar de sus evidentes diferencias, en cierta ocasión el viejo duque había confesado a Leto que había amado con todo su corazón a Helena durante los primeros años de su unión. Con el tiempo, la relación se había degradado, y había tenido muchas amantes y tal vez algunos hijos ilegítimos, aunque Leto era su único heredero oficial. A medida que transcurrían las décadas, se cimentó una enemistad entre marido y mujer, lo cual provocó profundas desavenencias. Ahora, su matrimonio era una estricta cuestión política.
–Para empezar, me casé por política, muchacho –le había dicho–. Nunca se me habría ocurrido otra cosa. En nuestra posición, el matrimonio es una herramienta. Si intentas añadir amor a la mezcla, todo se estropea.
A veces Leto se preguntaba si Helena había amado en algún momento a su padre, o sólo su posición y título. Últimamente daba la impresión de que había asumido el papel de asesora de imagen oficial de Paulus. Siempre se esforzaba en mantenerle elegante y presentable. Significaba mucho, tanto para su reputación como para la de él.
En el escenario, Clitemnestra dio la bienvenida a su marido y extendió tapices púrpura sobre el suelo para que caminara sobre ellos. Rodeado de una gran pompa, al son de las fanfarrias, Agamenón entró en su palacio, mientras la profetisa Casandra, muda de terror, se negaba a entrar. Preveía su propia muerte y el asesinato del general. Nadie le hacía caso, por supuesto.
Por mediación de canales políticos cultivados con sumo tacto, la madre de Leto mantenía contactos con otras Casas poderosas, en tanto el duque Paulus tejía sólidos vínculos con el pueblo llano de Caladan. Los duques Atreides se dedicaban al servicio de sus súbditos, y cobraban sólo lo que era justo, a partir de sus negocios familiares. Era una familia acaudalada, aunque no en exceso, y no expoliaba a sus ciudadanos.
En la obra, cuando el general recién llegado iba al baño, su traicionera esposa le aderezaba con una bata púrpura y le cosía a puñaladas, junto con su amante.
–¡Dioses! ¡Me han asestado una puñalada mortal! –se lamentaba Agamenón desde fuera del escenario.
El viejo Paulus sonrió y se inclinó hacia su hijo.
–He matado a muchos hombres en el campo de batalla, pero nunca he oído decir eso a ninguno mientras moría.
Helena le hizo callar.
–¡Los dioses me protejan, otra puñalada! ¡Moriré! –gritaba Agamenón.
Mientras el público estaba absorto en la tragedia, Leto intentó analizar la situación y cómo se relacionaba con su vida. Al fin y al cabo, se suponía que era la herencia familiar.
Clitemnestra admitió el asesinato, proclamó el derecho a vengarse de su marido por el sangriento sacrificio de su hija, por acostarse con putas en Troya y por haber traído a su amante, Casandra, a su propia casa.
–Glorioso rey –lloriqueó el coro–, nuestro afecto es ilimitado, nuestras lágrimas interminables. La araña os ha atrapado en la siniestra red de la muerte.
El estómago de Leto se revolvió. La Casa Atreides había cometido horribles maldades en el pasado lejano. Pero la familia había cambiado, tal vez instigada por los fantasmas de la historia. El viejo duque era un hombre de honor, respetado por el Landsraad y amado por su pueblo. Leto confiaba en estar a su altura cuando llegara el momento de tomar las riendas de la Casa Atreides.
Se recitaron los últimos versos de la obra, los actores se adelantaron hasta el borde del escenario y dedicaron una reverencia a los líderes políticos y económicos congregados, ataviados con sus mejores galas.
–Bien, me alegro de que haya terminado –suspiró Paulus, mientras se encendían las luces del teatro. El viejo duque se puso en pie y besó la mano de su esposa, al tiempo que salían del palco real–. Adelántate, querida. He de hablar con Leto. Espéranos en la sala de recepciones.
Helena miró un momento a su hijo y se alejó por el pasillo del antiguo teatro de piedra y madera. Su mirada denotaba que sabía muy bien las intenciones de Paulus, pero se plegaba a la arcaica tradición de que los hombres hablaban de "asuntos importantes" mientras las mujeres se ocupaban de otras cosas.
Mercaderes, hombres de negocios importantes y otros respetados miembros de la comunidad empezaron a invadir el pasillo, mientras bebían vino de Caladan y comían canapés.
–Por aquí, muchacho –dijo el duque, al tiempo que se internaba por un pasadizo que corría detrás del escenario.
Leto y él pasaron ante dos guardias, que saludaron. Después subieron cuatro pisos en ascensor, hasta llegar a un camerino dorado. Globos de cristal de Balut flotaban en el aire y proyectaban un cálido resplandor anaranjado. En otro tiempo vivienda de un legendario actor caladano, la cámara estaba reservada ahora para el uso exclusivo de los Atreides y sus consejeros más íntimos, en momentos que exigían privacidad.
Leto se preguntó por qué su padre le había llevado allí.
Después de cerrar la puerta a su espalda, Paulus se acomodó en una butaca flotante verde y negra, e indicó a Leto que tomara asiento delante de él. El joven obedeció y ajustó los controles para que la butaca se elevara en el aire, hasta que sus ojos quedaron a la misma altura de los de su padre. Leto sólo hacía esto en privado, ni siquiera delante de su madre, que habría tachado aquel comportamiento de inapropiado e irrespetuoso. Por contra, el viejo duque consideraba que la audacia y arrojo de su hijo constituían un divertido reflejo de su personalidad cuando era joven.
–Ya eres mayor, Leto –empezó Paulus, y extrajo una trabajada pipa de madera de un compartimiento en el brazo de la butaca. No perdió el tiempo con vaguedades–. Has de aprender más cosas de las que hay aquí. Por lo tanto, voy a enviarte a Ix a estudiar.
Examinó al joven de cabello negro tan parecido a su madre, pero de una piel más olivácea. Tenía la cara estrecha, de ángulos pronunciados y profundos ojos grises.
¡Ix! El pulso de Leto se aceleró. El planeta máquina. Un lugar extraño y misterioso. Todo el Imperio conocía la increíble tecnología e innovaciones del intrigante planeta, pero pocos forasteros lo habían pisado. Leto se sintió desorientado, como si estuviera de pie sobre el puente de un barco en plena tormenta. A su padre le encantaba dar sorpresas de ese estilo, para ver cómo reaccionaba Leto ante una situación inesperada.
Los ixianos guardaban un estricto secreto acerca de sus actividades industriales. Se rumoreaba que operaban en los límites de la legalidad, que fabricaban aparatos casi susceptibles de violar las prohibiciones de la Jihad contra las máquinas pensantes. ¿Por qué me envía mi padre a semejante lugar, y cómo lo ha arreglado? ¿Por qué nadie me ha pedido la opinión?
Una robomesa emergió del suelo al lado de Leto, con un vaso escarchado de ácido cítrico. Los gustos del joven eran conocidos, de la misma manera que se sabía que el viejo duque sólo querría la pipa. Leto tomó un sorbo de la bebida y frunció los labios.
–Estudiarás allí un año –prosiguió Paulus–, acorde con las tradiciones de las Grandes Casas aliadas. Vivir en Ix significará un contraste con nuestro bucólico planeta. Aprende de él.
Contempló la pipa que sostenía. Tallada en madera de jacarandá elaccana, era de un marrón intenso y destellaba a la luz arrojada por los globos.
–¿Habéis estado allí, señor? –Leto sonrió cuando recordó–. Para ver a vuestro camaradá Dominic Vernius, ¿verdad?
Paulus tocó el botón de combustión situado en un costado de la pipa, el cual encendía el tabaco, que era en realidad un alga marina rica en nicotina. Dio una larga bocanada y exhaló humo.
–En muchas ocasiones. Los ixianos forman una sociedad aislada y desconfían de los forasteros. En consecuencia, tendrás que soportar muchas precauciones de seguridad, interrogatorios y escaneos. Saben que bajar la guardia, siquiera un instante, podría ser fatal. Tanto las Grandes Casas como las Menores codician lo que Ix posee, y querrían arrebatárselo.
–Richese, por ejemplo –dijo Leto.
–No digas eso a tu madre. Richese sólo es una sombra de lo que fue, porque Ix los derrotó en una guerra económica total. –Se inclinó hacia adelante–. Los ixianos son unos maestros del sabotaje industrial y las apropiaciones de patentes. En la actualidad, los richesianos sólo saben hacer copias baratas carentes de innovaciones.
Leto reflexionó sobre estos comentarios, que eran nuevos para él. El viejo duque exhaló humo, con los carrillos hinchados y un temblor en la barba.
–En deferencia a tu madre, muchacho, hemos filtrado la información que acabas de oír. La Casa Richese fue una pérdida de lo más trágica. Tu abuelo, el conde liban Richese, tenía familia numerosa, y pasaba más tiempo con su prole que vigilando los negocios. No es sorprendente que sus hijos crecieran muy mimados y dilapidaran su fortuna.
Leto asintió, atento como siempre a las palabras de su padre. No obstante, ya sabía más de lo que Paulus imaginaba. Había visto en privado holograbaciones y videolibros que sus profesores habían dejado a su alcance por descuido. Sin embargo, ahora pensó que tal vez todo se trataba de un plan preconcebido para abrirle la historia de la familia de su madre como una flor, de pétalo en pétalo.
Junto con su interés familiar por Richese, Leto siempre había considerado a Ix igualmente intrigante. En otro tiempo competidor industrial de Richese, la Casa Vernius de Ix había sobrevivido como centro tecnológico. La poderosa familia real de Ix era de las más ricas del Imperio, y él iba a estudiar allí.
Las palabras de su padre interrumpieron sus pensamientos.
–Tu compañero de aprendizaje será el príncipe Rhombur, heredero del noble título de Vernius. Espero que os llevéis bien. Sois de la misma edad.
El príncipe de Ix. Ojalá que no fuera un crío mimado, como tantos hijos de las poderosas familias del Landsraad. ¿Por qué no podía ser una princesa, con la cara y la figura de la hija del banquero de la Cofradía que había conocido el mes anterior en el Baile del Solsticio de la Marea?
–Bien... ¿cómo es el príncipe Rhombur? –preguntó.
Paulus rió, insinuando toda una vida de anécdotas picantes.
–Pues no lo sé. Hace mucho tiempo que no veo a Dominic ni a su esposa Shando. –Sonrió, como por obra de un chiste privado–. Ay, Shando... Era una concubina imperial, pero Dominic se la robó al viejo Elrood ante sus mismísimas narices. –Lanzó una sonora carcajada–. Ahora tienen un hijo... y también una hija. Se llama Kailea.
El duque continuó, con una sonrisa enigmática.
–Tienes mucho que aprender, hijo mío. Dentro de un año, los dos vendréis a estudiar a Caladan, un intercambio de servicios pedagógicos. Rhombur y tú seréis trasladados a los campos de arroz pundi de los pantanos del continente sur, viviréis en cabañas y trabajaréis en los arrozales. Viajaréis bajo el mar en una cámara de Nells, y bucearéis para extraer gemas coralinas. –Sonrió y palmeó el hombro de su hijo–. Hay cosas que las aulas y los videolibros no enseñan.
–Sí, señor.
Inhaló la dulzura del tabaco de alga marina. Frunció el ceño, y confió en que el humo hubiera ocultado su expresión. Aquel drástico e inesperado cambio en su vida no le hacía ninguna gracia, pero respetaba a su padre. A base de muchas duras lecciones, Leto había aprendido que el viejo duque sabía muy bien de qué hablaba, y que sólo albergaba el deseo de procurar que su hijo siguiera sus pasos.
El duque se reclinó en su butaca flotante, que osciló en el aire.
–Muchacho, sé que esto no te complace en demasía, pero será una experiencia vital para ti y para el hijo de Dominic. Aquí, en Caladan, aprenderéis nuestro mayor secreto: cómo ganarse la total lealtad de nuestros súbditos, por qué confiamos en nuestro pueblo implícitamente, al contrario que los ixianos.
Paulus se puso serio.
–Hijo mío, esto es más esencial que cualquier cosa que hayas aprendido en un mundo industrial: la gente es más importante que las máquinas.
Era un adagio que Leto había escuchado con frecuencia, una frase tan importante para él como respirar.
–Por eso nuestros soldados luchan tan bien.
Paulus se inclinó y dio una última chupada a la pipa.
–Un día serás duque, muchacho, patriarca de la Casa Atreides y respetado representante en el Landsraad. Tu voz será igual a la de cualquier otro gobernante de las Grandes Casas. Es una gran responsabilidad.
–Estaré a la altura.
–Estoy seguro, Leto... pero relájate un poco. El pueblo sabe cuándo no eres feliz, y cuando su duque no es feliz, la población no es feliz. Has de dejar que la presión fluya por encima y a través de ti. De esa forma no podrá perjudicarte. –Extendió un dedo admonitorio–. Diviértete más.
Diviértete. Leto pensó una vez más en la hija del banquero de la Cofradía, imaginó la redondez de sus pechos y caderas, el mohín húmedo de sus labios, la forma incitadora en que le había mirado.
Tal vez no era tan serio como su padre pensaba...
Tomó otro sorbo de zumo.
–Señor, con vuestra lealtad demostrada, con la reconocida fidelidad de los Atreides a sus aliados, ¿por qué los ixianos nos someten a sus procedimientos de interrogatorio? ¿Creéis que un Atreides, con todo lo que ha sido inculcado en él, podría convertirse en un traidor? ¿Podríamos llegar a ser algún día como... como los Harkonnen?
El viejo duque frunció el entrecejo.
–En una época no fuimos tan diferentes de ellos, pero hay historias que aún no estás preparado para escuchar. Recuerda la obra que acabamos de ver. –Alzó un dedo–. Las cosas cambian en el Imperio. Las alianzas se forman y disuelven a capricho.
–Nuestras alianzas no.
Paulus miró los ojos grises del joven, y después desvió la mirada hacia el rincón donde el humo de su pipa remolineaba.
Leto suspiró. Quería saber muchas cosas, y cuanto antes, pero se lo administraban a pequeñas dosis, como los petit fours que su madre ofrecía en las fiestas.
Oyeron a la gente abandonar el teatro antes de la siguiente representación de Agamenón. Los actores descansarían, se cambiarían de vestimenta y se prepararían para otro público.
Leto, sentado en la sala privada con su padre, se sintió más hombre que nunca. Tal vez la siguiente vez también encendería una pipa. Tal vez bebería algo más fuerte que zumo de cidrit. Paulus le miraría con orgullo en los ojos.
Leto sonrió y trató de imaginarse como duque Atreides, pero experimentó un intenso sentimiento de culpa cuando reparó en que su padre tendría que morir antes de poder ponerse en el dedo el anillo de sello ducal. No deseaba esa circunstancia, y dio gracias de que todavía faltara mucho tiempo. Demasiado para pensar en ello.

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