Thursday, September 28, 2006
Atreides (02)
Somos generalistas. No se pueden delimitar con nitidez problemas de alcance planetario. La planetología es una ciencia hecha a la medida.
Pardot Kynes, Tratado sobre la recuperación ambiental de Salusa Secundus después del holocausto
En el planeta imperial Kaitain, inmensos edificios besaban el cielo. Magníficas esculturas y opulentas fuentes de pisos, como visiones de un sueño, flanqueaban las avenidas de suelo acristalado. Una persona podía contemplar el espectáculo durante horas.
Pardot Kynes sólo logró vislumbrar el espectáculo urbano, mientras los guardias reales le escoltaban a paso vivo hasta el palacio. No tenían paciencia para la curiosidad de un simple planetólogo, ni tampoco ningún interés en las maravillas de la ciudad. Su trabajo consistía en escoltarle al inmenso salón abovedado del trono, y sin más dilación. No se podía hacer esperar al emperador del Universo Conocido por una tontería.
Los miembros de la escolta de Kynes llevaban uniformes grises y negros, impecablemente limpios y tachonados de galones y medallas, todos los botones y adornos relucientes, hasta la última cinta alisada y planchada. Quince de los hombres escogidos en persona por el emperador, los Sardaukar, le rodeaban como un ejército.
Aun así, el esplendor de la capital del planeta sobrecogía a Kynes. Se volvió hacia el guardia más cercano y dijo:
–Suelo trabajar al aire libre, o atravesando pantanos de planetas a los que nadie más quiere ir.
Nunca había visto, o imaginado, nada parecido a esto en los paisajes abruptos y alejados que había estudiado.
Los guardias no contestaron al larguirucho forastero. Los Sardaukar estaban adiestrados para ser máquinas de combate, no conversadores.
–Aquí me han restregado hasta la tercera capa de piel y me han vestido como un noble.
Kynes tiró de la gruesa tela trenzada de su chaqueta azul oscuro, olió el jabón y el aroma de su piel. Tenía la frente despejada, con el cabello escaso y rubio peinado hacia atrás.
La escolta ascendió a toda prisa una cascada, al parecer interminable, de escalones de piedra adornados con filigranas de oro y piedras soo centelleantes de color crema.
Kynes se volvió hacia el guardia de la izquierda.
–Este es mi primer viaje a Kaitain. Supongo que si se trabaja aquí siempre, al final ni te fijas en las vistas.
Sus palabras se apoyaron en una sonrisa anhelante, pero una vez más cayeron en oídos sordos.
Kynes era un experto y respetado ecologista, geólogo y meteorólogo, especializado además en botánica y microbiología. Constituía un placer para él desentrañar los misterios de planetas enteros, pero la gente era muy a menudo un misterio insondable para él, como estos guardias.
–Kaitain es mucho más... confortable que Salusa Secundus. Crecí allí –continuó–. También he estado en Bela Tegeuse, y es casi igual de espantoso, apenas iluminado por soles enanos.
Por fin, Kynes miró al frente y murmuró para sí:
–El emperador me ha hecho venir desde la otra mitad de la galaxia. Me gustaría saber por qué.
Ninguno de los hombres le ofreció la menor explicación.
El cortejo pasó bajo una arcada de roca de lava carmesí, que soportaba la pesada opresión de una edad muy avanzada. Kynes alzó la vista, y con su experiencia de geólogo reconoció la curiosa e inmensa piedra: una antigua arcada del planeta destruido Salusa Secundus.
Le asombró que alguien conservara una reliquia tan antigua de un austero planeta, donde Kynes había pasado muchos años, un planeta prisión aislado con un ecosistema destruido. Pero entonces recordó, y se sintió como un idiota por haberlo olvidado, que Salusa había sido en otro tiempo la capital imperial, milenios antes... antes del desastre que lo, alteró todo. Sin duda la Casa Corrino había traído intacta la arcada como un recuerdo de su pasado, o como una especie de trofeo para demostrar que la familia imperial había superado la adversidad de la devastación de su planeta.
Mientras el cortejo atravesaba el arco de lava y entraba en el resonante esplendor del palacio, sonó una fanfarria ejecutada por instrumentos de viento que Kynes no reconoció. Nunca había dedicado demasiado tiempo al estudio de la música y las artes, ni siquiera de niño. ¿Para qué, cuando había tanta ciencia natural que asimilar?
Justo antes de pasar bajo el techo refulgente de joyas de la inmensa estructura real, Kynes contempló una vez más el cielo despejado y azul.
Durante el viaje, dentro de una sección acordonada del Crucero de la Cofradía, Kynes había aprovechado el tiempo para aprender algo sobre el planeta capital, si bien nunca había aplicado sus conocimientos sobre los planetas a un lugar tan civilizado. Kaitain estaba planificada y construida con gusto exquisito, y contaba con avenidas flanqueadas de árboles, arquitectura espléndida, jardines bien regados, murallas de flores y mucho más.
Los informes imperiales afirmaban que el clima siempre era templado. Las tormentas no existían. Ninguna nube mancillaba el cielo. Al principio pensaba que la información era pura propaganda turística, pero cuando la engalanada nave escolta de la Cofradía descendió, observó la flotilla de satélites meteorológicos, la tecnología que, mediante la fuerza bruta, domeñaba el clima y conservaba Kaitain como un lugar plácido y sereno. Los ingenieros del clima podían modificar el tiempo, para que fuera lo que un loco había decidido óptimo, pero estaban expuestos a otro peligro al crear un entorno que, a la larga, afectaba negativamente a la mente, el cuerpo y el espíritu. La familia imperial nunca lo había entendido. Seguía relajada bajo sus cielos soleados y paseaba por sus espléndidos viveros, indiferente a la catástrofe ecológica que algún día se desataría ante sus ojos vendados. Sería todo un reto quedarse en el planeta y estudiar los efectos, pero Kynes dudaba que el emperador Elrood IX le hubiera convocado para eso.
La escolta se adentró en el palacio, pasaron ante estatuas y pinturas clásicas. La amplia sala de audiencias bien habría podido ser una arena de antiguas luchas de gladiadores. El suelo se extendía ante ellos como una llanura de cuadrados de piedra pulida y multicolor, cada uno procedente de los distintos planetas del Imperio. Se iban añadiendo hornacinas y alas a medida que el Imperio crecía.
Los funcionarios de la corte, ataviados con vestiduras deslumbrantes y brillantes plumas, iban de un lado a otro exhibiendo telas tejidas con hilos de metal precioso. Cargados con documentos, se dedicaban a asuntos inextricables, corrían a celebrar reuniones, susurraban entre sí como si sólo ellos comprendieran sus funciones reales.
Kynes era un extraño en este mundo político. Prefería la desolación. Aunque el esplendor le fascinaba, anhelaba la soledad, los paisajes inexplorados, y los misterios de la flora y la fauna. Aquel lugar tan ajetreado iba a provocarle dolor de cabeza de un momento a otro.
Los guardias Sardaukar le condujeron por un largo paseo bajo luces prismáticas, con enérgico paso marcial que resonaba al unísono. Los tropezones de Kynes constituían la única disonancia.
Más adelante, sobre un estrado elevado de cristal verdeazulado, descansaba el Trono del León Dorado translúcido, tallado de una sola pieza de cuarzo de Hagal. Y sobre la deslumbrante silla estaba sentado el viejo en persona: Elrood Corrino IX, regente imperial del Universo Conocido.
Kynes le miró. El emperador era un hombre muy flaco, casi esquelético, con una cabeza enorme sobre un cuello delgado. El anciano regente, rodeado de un lujo tan increíble y una riqueza tan inmensa, parecía insignificante. Sin embargo, con un movimiento de su dedo de grandes nudillos, el emperador podía condenar a planetas enteros a la aniquilación y matar a millones de personas. Elrood había ocupado el Trono del León Dorado durante casi siglo y medio.
¿Cuántos planetas había en el Imperio? ¿A cuántas personas gobernaba aquel hombre? Kynes se preguntó si era posible que alguien poseyera tal cantidad de información.
Mientras le guiaban hasta la base del estrado, Kynes sonrió con vacilación a Elrood; luego tragó saliva, desvió la vista y agachó la cabeza. Nadie le había explicado cuál era el protocolo de palacio, y no estaba acostumbrado a modales y frivolidades sociales. El tenue olor a canela de la melange llegó a su nariz, procedente de una jarra de cerveza de especia que el emperador tenía sobre una mesita contigua al trono.
Un paje se adelantó, saludó con un cabeceo al jefe de la escolta de Sardaukar, se volvió y tronó en galach, el idioma común:
–¡El planetólogo Pardot Kynes!
Kynes cuadró los hombros y trató de enderezarse, mientras se preguntaba por qué le habían presentado de una forma tan vocinglera y ostentosa, cuando era evidente que el emperador sabía quién era. De lo contrario no le habría convocado. Kynes se preguntó si debía decir hola, pero decidió dejar que la corte determinara el discurrir de los acontecimientos.
–Kynes –dijo el viejo emperador con voz aguda y áspera, aquejada de demasiados años de dar órdenes firmes–, vienes a mí muy bien recomendado. Nuestros consejeros han estudiado a muchos candidatos, y te han elegido a ti por encima de los demás. ¿Qué tienes que decir?
El emperador se inclinó y enarcó las cejas, de forma que su frente se arrugó hasta lo alto del cráneo.
Kynes murmuró algo acerca de sentirse honrado y complacido, después carraspeó y formuló la verdadera pregunta.
–Pero, señor, ¿para qué he sido elegido exactamente?
Elrood chasqueó la lengua y se reclinó en el trono.
–Reconforta ver a alguien más preocupado por satisfacer su curiosidad que por decir lo correcto, o por halagar a estos estúpidos lameculos y bufones. –Cuando sonrió, el rostro de Elrood pareció adquirir la textura de la goma y las arrugas se ensancharon. Su piel poseía el tono grisáceo del pergamino–. El informe dice que creciste en Salusa Secundus, y que escribiste informes complejos y definitivos sobre la ecología del planeta.
–Sí, señor... majestad. Mis padres eran funcionarios, enviados a trabajar en vuestra prisión imperial de allí. Yo era muy pequeño y me llevaron con ellos.
En verdad, Kynes había oído rumores de que su padre o su madre habían disgustado en algo a Elrood y habían sido desterrados a aquel planeta. Pero Pardot Kynes había encontrado fascinante aquella desolación. Después de que los profesores terminaron su educación, pasaba sus días explorando las tierras yermas, tomaba notas, estudiaba los insectos, las malas hierbas y los animales que habían logrado sobrevivir al antiguo holocausto atómico.
–Sí, lo sé –dijo Elrood–. Al cabo de un tiempo tus padres fueron trasladados a otro planeta.
Kynes asintió.
–Sí, señor. Fueron a Harmonthep.
El emperador agitó la mano para desechar la referencia.
–Pero más tarde regresaste a Salusa. ¿Por tu propia voluntad?
–Bien, tenía muchas cosas que aprender en Salusa –contestó, y reprimió un encogimiento de hombros.
Kynes había pasado años solo en entornos desiertos, descifrando los misterios del clima y los ecosistemas. Había padecido muchas privaciones, soportado muchas incomodidades. En una ocasión, había sido perseguido por tigres Laza y sobrevivido. Después, Kynes había publicado un extenso tratado sobre sus años allí, abriendo notables ventanas de comprensión al planeta capital imperial, antes tan encantador y ahora abandonado.
–La salvaje desolación del planeta estimuló mi interés por la ecología. Es mucho más interesante estudiar un... mundo desolado. Me cuesta aprender algo en un-lugar demasiado civilizado.
Elrood rió el comentario y miró alrededor, para que los demás miembros de la corte lo imitaran.
–¿Como Kaitain, quieres decir?
–Bien, estoy seguro de que también ha de cobijar lugares interesantes, señor –dijo Kynes, rogando no haber cometido una torpeza inexcusable.
–¡Bien dicho! –tronó Elrood–. Mis consejeros han actuado con sabiduría al elegirte, Pardot Kynes.
Sin saber qué decir ni hacer, el planetólogo ejecutó una torpe reverencia.
Después de los años pasados en Salusa Secundus, había ido a los pantanosos e intrincados terrenos del oscuro Bela Tegeuse, y después a otros lugares que le interesaban. Podía sobrevivir en cualquier sitio. Sus necesidades eran escasas. Lo más importante para él era acumular conocimientos científicos, estudiar las rocas y ver qué secretos habían legado los procesos naturales.
Pero ahora le picaba la curiosidad. ¿Por qué había llamado la atención de una forma tan rotunda?
–Si me permitís preguntarlo de nuevo, majestad... ¿Qué misión me destináis? –Y se apresuró a añadir– Por supuesto, me siento muy complacido de serviros en lo que deseéis.
–Tú, Kynes, has sido reconocido como un verdadero hombre capaz de analizar complejos ecosistemas con el fin de aprovecharlos para las necesidades del Imperio. Te hemos elegido para que vayas al planeta desierto de Arrakis y obres tu magia allí.
–¡Arrakis! –Kynes no pudo disimular su estupor y júbilo–. Creo que los habitantes nómadas Fremen lo llaman Dune.
–Llámese como se llame –dijo Elrood con cierta brusquedad–, es uno de los planetas más desagradables, aunque importantes, del Imperio. Como sabrás, Arrakis es la única fuente de la especia melange.
Kynes asintió.
–Siempre me he preguntado por qué ningún explorador ha encontrado especia en otros planetas. Y por qué nadie sabe cómo se crea o deposita la especia.
–Tú lo averiguarás para nosotros –dijo el emperador–. Ya es hora.
De pronto, Kynes comprendió que tal vez se había pasado de la raya, y .sintió un leve temor. Se encontraba en el salón del trono más importante de un millón de planetas, y estaba hablando con el emperador Elrood IX de tú a tú. Los demás miembros de la corte le miraban, algunos con desaprobación, otros con horror, y los menos con expresión de perversa alegría, como si intuyeran su inminente castigo.
Pero Kynes imaginó de inmediato el paisaje de arenas calcinadas por el sol, dunas majestuosas y monstruosos gusanos de arena, imágenes que sólo había visto en videolibros. Olvidó su insignificante falta de tacto, contuvo el aliento y esperó a escuchar los detalles de su misión.
–Es de vital importancia para el futuro del Imperio que conozcamos los secretos de la melange. Hasta hoy, nadie ha dedicado tiempo ni esfuerzos a desentrañar sus misterios. La gente piensa que Arrakis es una fuente inagotable de riquezas, y nadie sé preocupa por la mecánica o los detalles. Craso error. –Hizo una pausa–. Éste es el desafío al que te enfrentarás, Pardot Kynes. Te nombramos planetólogo imperial oficial de Arrakis.
Mientras Elrood hablaba, examinó a aquel hombre de edad madura, curtido por la intemperie. Comprendió que Kynes no era un hombre complicado. Sus sentimientos y afinidades se traslucían en su rostro. Los consejeros de la corte habían indicado que Pardot Kynes carecía de ambiciones políticas y obligaciones. Su único interés verdadero residía en su trabajo y en la comprensión del orden natural del universo. Albergaba una fascinación casi infantil por los planetas lejanos y los entornos hostiles. Ejecutaría su tarea con un entusiasmo ilimitado, y proporcionaría respuestas sinceras.
Elrood había pasado casi toda su vida política rodeado de lacayos necios, aduladores descerebrados que decían lo que, en su opinión, él quería escuchar. Pero este hombre tosco, poco acostumbrado a las convenciones sociales, era distinto.
En ese momento era fundamental que comprendieran los hechos inherentes a la especia, con el fin de mejorar la eficacia de las operaciones, operaciones que eran vitales. Después de siete años del gobierno inepto de Abulurd Harkonnen, y tras los accidentes y errores cometidos por el ambicioso barón Vladimir Harkonnen, preocupaba al emperador que se paralizaran la producción y distribución de especia. La especia debía fluir.
La Cofradía Espacial necesitaba ingentes cantidades de melange para llenar las cámaras herméticas de sus Navegantes mutantes. Él, y el conjunto de la clase alta del Imperio, necesitaban a diario (y cada vez más) dosis de melange para conservar la vitalidad y prolongar sus vidas. La Orden de la Bene Gesserit la necesitaba para crear y adiestrar a más reverendas madres. Los Mentat la necesitaban para concentrar su mente.
Si bien desaprobaba la torpe administración del barón Harkonnen, Elrood no podía apoderarse de Arrakis. Tras décadas de manipulaciones políticas, la Casa Harkonnen había tomado el control después de expulsar a la Casa Richese.
Desde hacía mil años el Imperio concedía el gobierno de Arrakis a una familia elegida, para que arrancara las riquezas de la arena durante un período que no debía exceder de un siglo. Cada vez que el feudo cambiaba de manos, un diluvio de súplicas y peticiones inundaba el palacio. El apoyo del Landsraad implicaba muchos compromisos, algunos de los cuales eran demasiado onerosos para Elrood.
Aunque era el emperador, su poder dependía de un equilibrio, cauteloso e inestable, con numerosas fuerzas, incluidas las Grandes y Menores Casas del Landsraad, la Cofradía Espacial y monopolios comerciales como la CHOAM. Aún era más difícil lidiar con otras fuerzas, fuerzas que preferían actuar en la sombra.
He de desequilibrar la balanza, pensó Elrood. Este asunto de Arrakis ha durado demasiado.
El emperador se inclinó hacia adelante y vio que Kynes estaba henchido de alegría y entusiasmo. Ardía en deseos de ir al planeta desierto. ¡Tanto mejor!
–Averigua todo cuanto puedas sobre Arrakis y envíame informes regularmente, planetólogo. La Casa Harkonnen recibirá instrucciones de facilitarte todo el apoyo y la colaboración que necesites.
Aunque no les haga ninguna gracia que un observador imperial husmee en su territorio.
De momento, como el barón Harkonnen acababa de acceder al gobierno del planeta, dependía por completo del emperador.
–Te proporcionaremos todo lo necesario para tu viaje. Redacta una lista y entrégala a mi chambelán. Cuando llegues a Arrakis, los Harkonnen recibirán órdenes de atender todas tus peticiones.
–Mis necesidades son escasas –dijo Kynes–. Sólo necesito mis ojos y mi mente.
–Sí, pero espero que el barón pueda ofrecerte algunas comodidades más.
Elrood sonrió de nuevo y despidió al planetólogo con un ademán. El emperador observó que al salir de la sala de audiencias Kynes andaba con un paso mucho más vivo.
Pardot Kynes, Tratado sobre la recuperación ambiental de Salusa Secundus después del holocausto
En el planeta imperial Kaitain, inmensos edificios besaban el cielo. Magníficas esculturas y opulentas fuentes de pisos, como visiones de un sueño, flanqueaban las avenidas de suelo acristalado. Una persona podía contemplar el espectáculo durante horas.
Pardot Kynes sólo logró vislumbrar el espectáculo urbano, mientras los guardias reales le escoltaban a paso vivo hasta el palacio. No tenían paciencia para la curiosidad de un simple planetólogo, ni tampoco ningún interés en las maravillas de la ciudad. Su trabajo consistía en escoltarle al inmenso salón abovedado del trono, y sin más dilación. No se podía hacer esperar al emperador del Universo Conocido por una tontería.
Los miembros de la escolta de Kynes llevaban uniformes grises y negros, impecablemente limpios y tachonados de galones y medallas, todos los botones y adornos relucientes, hasta la última cinta alisada y planchada. Quince de los hombres escogidos en persona por el emperador, los Sardaukar, le rodeaban como un ejército.
Aun así, el esplendor de la capital del planeta sobrecogía a Kynes. Se volvió hacia el guardia más cercano y dijo:
–Suelo trabajar al aire libre, o atravesando pantanos de planetas a los que nadie más quiere ir.
Nunca había visto, o imaginado, nada parecido a esto en los paisajes abruptos y alejados que había estudiado.
Los guardias no contestaron al larguirucho forastero. Los Sardaukar estaban adiestrados para ser máquinas de combate, no conversadores.
–Aquí me han restregado hasta la tercera capa de piel y me han vestido como un noble.
Kynes tiró de la gruesa tela trenzada de su chaqueta azul oscuro, olió el jabón y el aroma de su piel. Tenía la frente despejada, con el cabello escaso y rubio peinado hacia atrás.
La escolta ascendió a toda prisa una cascada, al parecer interminable, de escalones de piedra adornados con filigranas de oro y piedras soo centelleantes de color crema.
Kynes se volvió hacia el guardia de la izquierda.
–Este es mi primer viaje a Kaitain. Supongo que si se trabaja aquí siempre, al final ni te fijas en las vistas.
Sus palabras se apoyaron en una sonrisa anhelante, pero una vez más cayeron en oídos sordos.
Kynes era un experto y respetado ecologista, geólogo y meteorólogo, especializado además en botánica y microbiología. Constituía un placer para él desentrañar los misterios de planetas enteros, pero la gente era muy a menudo un misterio insondable para él, como estos guardias.
–Kaitain es mucho más... confortable que Salusa Secundus. Crecí allí –continuó–. También he estado en Bela Tegeuse, y es casi igual de espantoso, apenas iluminado por soles enanos.
Por fin, Kynes miró al frente y murmuró para sí:
–El emperador me ha hecho venir desde la otra mitad de la galaxia. Me gustaría saber por qué.
Ninguno de los hombres le ofreció la menor explicación.
El cortejo pasó bajo una arcada de roca de lava carmesí, que soportaba la pesada opresión de una edad muy avanzada. Kynes alzó la vista, y con su experiencia de geólogo reconoció la curiosa e inmensa piedra: una antigua arcada del planeta destruido Salusa Secundus.
Le asombró que alguien conservara una reliquia tan antigua de un austero planeta, donde Kynes había pasado muchos años, un planeta prisión aislado con un ecosistema destruido. Pero entonces recordó, y se sintió como un idiota por haberlo olvidado, que Salusa había sido en otro tiempo la capital imperial, milenios antes... antes del desastre que lo, alteró todo. Sin duda la Casa Corrino había traído intacta la arcada como un recuerdo de su pasado, o como una especie de trofeo para demostrar que la familia imperial había superado la adversidad de la devastación de su planeta.
Mientras el cortejo atravesaba el arco de lava y entraba en el resonante esplendor del palacio, sonó una fanfarria ejecutada por instrumentos de viento que Kynes no reconoció. Nunca había dedicado demasiado tiempo al estudio de la música y las artes, ni siquiera de niño. ¿Para qué, cuando había tanta ciencia natural que asimilar?
Justo antes de pasar bajo el techo refulgente de joyas de la inmensa estructura real, Kynes contempló una vez más el cielo despejado y azul.
Durante el viaje, dentro de una sección acordonada del Crucero de la Cofradía, Kynes había aprovechado el tiempo para aprender algo sobre el planeta capital, si bien nunca había aplicado sus conocimientos sobre los planetas a un lugar tan civilizado. Kaitain estaba planificada y construida con gusto exquisito, y contaba con avenidas flanqueadas de árboles, arquitectura espléndida, jardines bien regados, murallas de flores y mucho más.
Los informes imperiales afirmaban que el clima siempre era templado. Las tormentas no existían. Ninguna nube mancillaba el cielo. Al principio pensaba que la información era pura propaganda turística, pero cuando la engalanada nave escolta de la Cofradía descendió, observó la flotilla de satélites meteorológicos, la tecnología que, mediante la fuerza bruta, domeñaba el clima y conservaba Kaitain como un lugar plácido y sereno. Los ingenieros del clima podían modificar el tiempo, para que fuera lo que un loco había decidido óptimo, pero estaban expuestos a otro peligro al crear un entorno que, a la larga, afectaba negativamente a la mente, el cuerpo y el espíritu. La familia imperial nunca lo había entendido. Seguía relajada bajo sus cielos soleados y paseaba por sus espléndidos viveros, indiferente a la catástrofe ecológica que algún día se desataría ante sus ojos vendados. Sería todo un reto quedarse en el planeta y estudiar los efectos, pero Kynes dudaba que el emperador Elrood IX le hubiera convocado para eso.
La escolta se adentró en el palacio, pasaron ante estatuas y pinturas clásicas. La amplia sala de audiencias bien habría podido ser una arena de antiguas luchas de gladiadores. El suelo se extendía ante ellos como una llanura de cuadrados de piedra pulida y multicolor, cada uno procedente de los distintos planetas del Imperio. Se iban añadiendo hornacinas y alas a medida que el Imperio crecía.
Los funcionarios de la corte, ataviados con vestiduras deslumbrantes y brillantes plumas, iban de un lado a otro exhibiendo telas tejidas con hilos de metal precioso. Cargados con documentos, se dedicaban a asuntos inextricables, corrían a celebrar reuniones, susurraban entre sí como si sólo ellos comprendieran sus funciones reales.
Kynes era un extraño en este mundo político. Prefería la desolación. Aunque el esplendor le fascinaba, anhelaba la soledad, los paisajes inexplorados, y los misterios de la flora y la fauna. Aquel lugar tan ajetreado iba a provocarle dolor de cabeza de un momento a otro.
Los guardias Sardaukar le condujeron por un largo paseo bajo luces prismáticas, con enérgico paso marcial que resonaba al unísono. Los tropezones de Kynes constituían la única disonancia.
Más adelante, sobre un estrado elevado de cristal verdeazulado, descansaba el Trono del León Dorado translúcido, tallado de una sola pieza de cuarzo de Hagal. Y sobre la deslumbrante silla estaba sentado el viejo en persona: Elrood Corrino IX, regente imperial del Universo Conocido.
Kynes le miró. El emperador era un hombre muy flaco, casi esquelético, con una cabeza enorme sobre un cuello delgado. El anciano regente, rodeado de un lujo tan increíble y una riqueza tan inmensa, parecía insignificante. Sin embargo, con un movimiento de su dedo de grandes nudillos, el emperador podía condenar a planetas enteros a la aniquilación y matar a millones de personas. Elrood había ocupado el Trono del León Dorado durante casi siglo y medio.
¿Cuántos planetas había en el Imperio? ¿A cuántas personas gobernaba aquel hombre? Kynes se preguntó si era posible que alguien poseyera tal cantidad de información.
Mientras le guiaban hasta la base del estrado, Kynes sonrió con vacilación a Elrood; luego tragó saliva, desvió la vista y agachó la cabeza. Nadie le había explicado cuál era el protocolo de palacio, y no estaba acostumbrado a modales y frivolidades sociales. El tenue olor a canela de la melange llegó a su nariz, procedente de una jarra de cerveza de especia que el emperador tenía sobre una mesita contigua al trono.
Un paje se adelantó, saludó con un cabeceo al jefe de la escolta de Sardaukar, se volvió y tronó en galach, el idioma común:
–¡El planetólogo Pardot Kynes!
Kynes cuadró los hombros y trató de enderezarse, mientras se preguntaba por qué le habían presentado de una forma tan vocinglera y ostentosa, cuando era evidente que el emperador sabía quién era. De lo contrario no le habría convocado. Kynes se preguntó si debía decir hola, pero decidió dejar que la corte determinara el discurrir de los acontecimientos.
–Kynes –dijo el viejo emperador con voz aguda y áspera, aquejada de demasiados años de dar órdenes firmes–, vienes a mí muy bien recomendado. Nuestros consejeros han estudiado a muchos candidatos, y te han elegido a ti por encima de los demás. ¿Qué tienes que decir?
El emperador se inclinó y enarcó las cejas, de forma que su frente se arrugó hasta lo alto del cráneo.
Kynes murmuró algo acerca de sentirse honrado y complacido, después carraspeó y formuló la verdadera pregunta.
–Pero, señor, ¿para qué he sido elegido exactamente?
Elrood chasqueó la lengua y se reclinó en el trono.
–Reconforta ver a alguien más preocupado por satisfacer su curiosidad que por decir lo correcto, o por halagar a estos estúpidos lameculos y bufones. –Cuando sonrió, el rostro de Elrood pareció adquirir la textura de la goma y las arrugas se ensancharon. Su piel poseía el tono grisáceo del pergamino–. El informe dice que creciste en Salusa Secundus, y que escribiste informes complejos y definitivos sobre la ecología del planeta.
–Sí, señor... majestad. Mis padres eran funcionarios, enviados a trabajar en vuestra prisión imperial de allí. Yo era muy pequeño y me llevaron con ellos.
En verdad, Kynes había oído rumores de que su padre o su madre habían disgustado en algo a Elrood y habían sido desterrados a aquel planeta. Pero Pardot Kynes había encontrado fascinante aquella desolación. Después de que los profesores terminaron su educación, pasaba sus días explorando las tierras yermas, tomaba notas, estudiaba los insectos, las malas hierbas y los animales que habían logrado sobrevivir al antiguo holocausto atómico.
–Sí, lo sé –dijo Elrood–. Al cabo de un tiempo tus padres fueron trasladados a otro planeta.
Kynes asintió.
–Sí, señor. Fueron a Harmonthep.
El emperador agitó la mano para desechar la referencia.
–Pero más tarde regresaste a Salusa. ¿Por tu propia voluntad?
–Bien, tenía muchas cosas que aprender en Salusa –contestó, y reprimió un encogimiento de hombros.
Kynes había pasado años solo en entornos desiertos, descifrando los misterios del clima y los ecosistemas. Había padecido muchas privaciones, soportado muchas incomodidades. En una ocasión, había sido perseguido por tigres Laza y sobrevivido. Después, Kynes había publicado un extenso tratado sobre sus años allí, abriendo notables ventanas de comprensión al planeta capital imperial, antes tan encantador y ahora abandonado.
–La salvaje desolación del planeta estimuló mi interés por la ecología. Es mucho más interesante estudiar un... mundo desolado. Me cuesta aprender algo en un-lugar demasiado civilizado.
Elrood rió el comentario y miró alrededor, para que los demás miembros de la corte lo imitaran.
–¿Como Kaitain, quieres decir?
–Bien, estoy seguro de que también ha de cobijar lugares interesantes, señor –dijo Kynes, rogando no haber cometido una torpeza inexcusable.
–¡Bien dicho! –tronó Elrood–. Mis consejeros han actuado con sabiduría al elegirte, Pardot Kynes.
Sin saber qué decir ni hacer, el planetólogo ejecutó una torpe reverencia.
Después de los años pasados en Salusa Secundus, había ido a los pantanosos e intrincados terrenos del oscuro Bela Tegeuse, y después a otros lugares que le interesaban. Podía sobrevivir en cualquier sitio. Sus necesidades eran escasas. Lo más importante para él era acumular conocimientos científicos, estudiar las rocas y ver qué secretos habían legado los procesos naturales.
Pero ahora le picaba la curiosidad. ¿Por qué había llamado la atención de una forma tan rotunda?
–Si me permitís preguntarlo de nuevo, majestad... ¿Qué misión me destináis? –Y se apresuró a añadir– Por supuesto, me siento muy complacido de serviros en lo que deseéis.
–Tú, Kynes, has sido reconocido como un verdadero hombre capaz de analizar complejos ecosistemas con el fin de aprovecharlos para las necesidades del Imperio. Te hemos elegido para que vayas al planeta desierto de Arrakis y obres tu magia allí.
–¡Arrakis! –Kynes no pudo disimular su estupor y júbilo–. Creo que los habitantes nómadas Fremen lo llaman Dune.
–Llámese como se llame –dijo Elrood con cierta brusquedad–, es uno de los planetas más desagradables, aunque importantes, del Imperio. Como sabrás, Arrakis es la única fuente de la especia melange.
Kynes asintió.
–Siempre me he preguntado por qué ningún explorador ha encontrado especia en otros planetas. Y por qué nadie sabe cómo se crea o deposita la especia.
–Tú lo averiguarás para nosotros –dijo el emperador–. Ya es hora.
De pronto, Kynes comprendió que tal vez se había pasado de la raya, y .sintió un leve temor. Se encontraba en el salón del trono más importante de un millón de planetas, y estaba hablando con el emperador Elrood IX de tú a tú. Los demás miembros de la corte le miraban, algunos con desaprobación, otros con horror, y los menos con expresión de perversa alegría, como si intuyeran su inminente castigo.
Pero Kynes imaginó de inmediato el paisaje de arenas calcinadas por el sol, dunas majestuosas y monstruosos gusanos de arena, imágenes que sólo había visto en videolibros. Olvidó su insignificante falta de tacto, contuvo el aliento y esperó a escuchar los detalles de su misión.
–Es de vital importancia para el futuro del Imperio que conozcamos los secretos de la melange. Hasta hoy, nadie ha dedicado tiempo ni esfuerzos a desentrañar sus misterios. La gente piensa que Arrakis es una fuente inagotable de riquezas, y nadie sé preocupa por la mecánica o los detalles. Craso error. –Hizo una pausa–. Éste es el desafío al que te enfrentarás, Pardot Kynes. Te nombramos planetólogo imperial oficial de Arrakis.
Mientras Elrood hablaba, examinó a aquel hombre de edad madura, curtido por la intemperie. Comprendió que Kynes no era un hombre complicado. Sus sentimientos y afinidades se traslucían en su rostro. Los consejeros de la corte habían indicado que Pardot Kynes carecía de ambiciones políticas y obligaciones. Su único interés verdadero residía en su trabajo y en la comprensión del orden natural del universo. Albergaba una fascinación casi infantil por los planetas lejanos y los entornos hostiles. Ejecutaría su tarea con un entusiasmo ilimitado, y proporcionaría respuestas sinceras.
Elrood había pasado casi toda su vida política rodeado de lacayos necios, aduladores descerebrados que decían lo que, en su opinión, él quería escuchar. Pero este hombre tosco, poco acostumbrado a las convenciones sociales, era distinto.
En ese momento era fundamental que comprendieran los hechos inherentes a la especia, con el fin de mejorar la eficacia de las operaciones, operaciones que eran vitales. Después de siete años del gobierno inepto de Abulurd Harkonnen, y tras los accidentes y errores cometidos por el ambicioso barón Vladimir Harkonnen, preocupaba al emperador que se paralizaran la producción y distribución de especia. La especia debía fluir.
La Cofradía Espacial necesitaba ingentes cantidades de melange para llenar las cámaras herméticas de sus Navegantes mutantes. Él, y el conjunto de la clase alta del Imperio, necesitaban a diario (y cada vez más) dosis de melange para conservar la vitalidad y prolongar sus vidas. La Orden de la Bene Gesserit la necesitaba para crear y adiestrar a más reverendas madres. Los Mentat la necesitaban para concentrar su mente.
Si bien desaprobaba la torpe administración del barón Harkonnen, Elrood no podía apoderarse de Arrakis. Tras décadas de manipulaciones políticas, la Casa Harkonnen había tomado el control después de expulsar a la Casa Richese.
Desde hacía mil años el Imperio concedía el gobierno de Arrakis a una familia elegida, para que arrancara las riquezas de la arena durante un período que no debía exceder de un siglo. Cada vez que el feudo cambiaba de manos, un diluvio de súplicas y peticiones inundaba el palacio. El apoyo del Landsraad implicaba muchos compromisos, algunos de los cuales eran demasiado onerosos para Elrood.
Aunque era el emperador, su poder dependía de un equilibrio, cauteloso e inestable, con numerosas fuerzas, incluidas las Grandes y Menores Casas del Landsraad, la Cofradía Espacial y monopolios comerciales como la CHOAM. Aún era más difícil lidiar con otras fuerzas, fuerzas que preferían actuar en la sombra.
He de desequilibrar la balanza, pensó Elrood. Este asunto de Arrakis ha durado demasiado.
El emperador se inclinó hacia adelante y vio que Kynes estaba henchido de alegría y entusiasmo. Ardía en deseos de ir al planeta desierto. ¡Tanto mejor!
–Averigua todo cuanto puedas sobre Arrakis y envíame informes regularmente, planetólogo. La Casa Harkonnen recibirá instrucciones de facilitarte todo el apoyo y la colaboración que necesites.
Aunque no les haga ninguna gracia que un observador imperial husmee en su territorio.
De momento, como el barón Harkonnen acababa de acceder al gobierno del planeta, dependía por completo del emperador.
–Te proporcionaremos todo lo necesario para tu viaje. Redacta una lista y entrégala a mi chambelán. Cuando llegues a Arrakis, los Harkonnen recibirán órdenes de atender todas tus peticiones.
–Mis necesidades son escasas –dijo Kynes–. Sólo necesito mis ojos y mi mente.
–Sí, pero espero que el barón pueda ofrecerte algunas comodidades más.
Elrood sonrió de nuevo y despidió al planetólogo con un ademán. El emperador observó que al salir de la sala de audiencias Kynes andaba con un paso mucho más vivo.